08 junio 2012

Medida para ciudades de primera: correr.



Hace un tiempo platicaba con un colega -@Pedestre- sobre el hecho de que regularmente me ejercito saliendo a correr. Él me comentaba que el solía hacerlo cuando estudiaba su maestría, en Boston. Me platicaba de lo fácil que era correr en esa ciudad, gracias a sus banquetas y calles, hasta sus espacios verdes y áreas alrededor del río, además de que fue un ejercicio con el cual logró conocer parte de la ciudad. Sus palabras me evocaron a la imagen que describe Haruki Murakami en su libro “De qué hablo cuando hablo de correr”:

“En verano, en el área de Boston, hay días tan desagradables que sólo querrías maldecirlo todo. Pero si se aguanta eso, el resto no está nada mal. La gente adinerada se marcha en tromba de veraneo a Vermont o a Cape Cod, así que la ciudad queda desierta y resulta muy cómoda. Las hileras de árboles proyectan nítidamente su fresca sombra sobre los paseos situados a ambos lados del río y los estudiantes de las universidades de Harvad y Boston se afán en sus entrenamientos de remo sobre la deslumbrante superficie del río. Las chicas extienden las toallas sobre la hierba y toman el sol en sus exiguos bikinis mientras escuchan música en sus walkmans o iPods. Los vendedores ambulantes de helados montan los puestos de sus furgonetas. Alguien toca la guitarra y canta una vieja canción de Neil Young. Un perro de largo pelaje persigue un frisbee sin apartar un instante la mirada de él. Un psiquiatra del partido demócrata (tal vez) conduce junto al río cortando el viento del atardecer en su Saab descapotable de color vino.”

Yo recordé los pocos espacios que hay para practicar tan sencillo ejercicio en la Ciudad de México. Ejercicio  que no requiere de grandes equipos ni inversiones y que tiene tantos beneficios para la salud. Un ejercicio que resulta muy natural para el ser humano.

En mi experiencia en la Ciudad de México, correr resulta muy difícil. Las banquetas no son lo suficientemente amplias para poder compartir con los peatones y suelen estar invadidas por obstáculos con los cuales uno puede chocar en cualquier momento. Están llenas de trampas, que al menor descuido podrían costarte un tobillo roto. Correr sobre la vía donde circulan los vehículos resulta altamente riesgoso, dado que los automovilistas y transportistas tienen un bajo respecto por el peatón. Además, de que a ciertas horas, dado el tráfico, resulta simplemente imposible correr en las calles o resulta en un trayecto continuamente interrumpido en cada semáforo; y no hablar de la pésima calidad del aíre en ciertas épocas del año. En otros lugares, simplemente no hay parques.


Llevo algunos años corriendo y los mejores lugares para ello suelen ser lugares donde no hay coches o circulan pocos. He corrido en el Bosque de Tlalpan, en Ciudad Universitaria -en sus diversas pistas y espacios-, en el parque la Loma -Álvaro Obregón-, en Viveros de Coyoacán y en el Bosque de Chapultepec. Se de otros lugares a los que nunca he tenido la oportunidad de correr, como el Sope en Chapultepec, la pista de canotaje de Xochimilco, Ciudad de los Deportes, el parque Hundido, el parque México y la calle Ámsterdam en la Condesa, el Parque Naucalli, el Cerro de la Estrella o el Bosque de Aragón, entre otros.

Sin embargo, pocas veces he podido ejercitarme corriendo en las calles de la ciudad. He tenido la fortuna de vivir en el extranjero, específicamente en España y Japón. En esos lugares era muy sencillo salir a correr por avenidas y callejones, ver como automovilistas o ciclistas te cedían el paso. El espacio público es de alta calidad y permite realizar tal ejercicio de forma sencilla. No era de extrañar el encontrarme con otros corredores mientras recorría las calles de Madrid, o bien, ser rebasado más de una vez por japoneses que fácilmente me doblaban la edad. En algunos viajes que he realizado a otros lugares, también he tenido la fortuna de correr por sus calles y barrios, como en Vancouver y París, o por el malecón de Río de Janeiro y la Habana. Logré conocer lugares en estas ciudades que de otra manera no hubiera podido, gracias a la simple oportunidad de probar una nueva ruta o seguir alguna senda que me encontraba en el camino. Observaba a las personas locales, sus actividades, sentía el piso de cada lugar y sus texturas, el aíre de cada lugar pegando en mi rostro. Correr me dio la oportunidad de vivir las ciudades de otra forma, más que como turista o visitante por trabajo.

En mi experiencia, las ciudades más atractivas en el extranjero que me he encontrado son las que tienen espacios públicos de alta calidad, en donde correr es una actividad muy sencilla. Correr, actividad que practicada en las ciudades va más allá del ejercicio, también me ha servido para conocer estas urbes de otra forma. Me he dado cuenta que si en una ciudad es fácil correr, por lo general resulta de tener espacios públicos de alta calidad. Poder correr a cierta velocidad implica tener superficies llanas con pocos obstáculos y que se conecten rutas fácilmente, lo que suele estar relacionado con accesibilidad universal. Tener espacio para poder esquivar obstáculos o personas en el camino, tener buena calidad de aire para no enfermar, sentirte seguro para en cada barrio que atraviesas. Una ciudad con cultura vial, donde haya un gran respeto por los peatones. Ciudades que en general sean tolerantes y activas.

Me resulta claro que si la Ciudad de México desea convertirse en una urbe con alta calidad  de vida y de primer mundo, requiere tener espacios públicos de tal calidad -calles, áreas verdes, plazas, etcétera- que privilegien al peatón, que cuenten con accesibilidad universal.

Resulta inconcebible que en la capital de México, una ciudad que aspira a convertirse en un referente mundial, un ejercicio tan sencillo como es el correr, sea muy difícil de practicar de forma cotidiana en cualquier calle. Mi conclusión es que esto se debe a una prioridad invertida del gobierno y de los ciudadanos de la urbe, se suele privilegiar al automóvil sobre cualquier otra actividad. No es de extrañar encontrarse con automóviles estacionados sobre las banquetas, con el hecho de que se destruyen parques para pasar calles sobre ellos, que se invierte en la construcción de pasos a desnivel o túneles en lugar de construir buenas banquetas o mantenimiento de plazas y parqués públicos. El colmo es la enorme cantidad de personas que para ejercitarse llegan en automóvil a los pocos lugares que hay para correr en la ciudad o van a encerrarse a los gimnasios para correr en “caminadoras”.

Si tanto el gobierno, como los habitantes de la ciudad, queremos una ciudad con alta calidad de vida, atractiva, segura y, me atrevo a decir, que permita el desarrollo humano y económico, la prioridad está en logar que las personas salgan a las calles y a los espacios públicos a disfrutarlos, a aprovecharlos. Esto sólo se logra priorizando a las personas a pie y con capacidades diferentes, manteniendo los espacios públicos y las áreas verdes, no privilegiando al automóvil. Sueño con una ciudad donde pueda correr.

Dedicado a los Amigos de los Viveros A.C.

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