11 febrero 2015

Hospital materno infantil de Cuajimalpa: la tragedia evitable


A las tragedias civiles sucedidas en México se les suele reducir a errores humanos, a circunstancias desafortunadas, a destinos inexorables; trucos retóricos de quienes desean evadir sus responsabilidades, las consecuencias de sus actos. La explosión que derrumbó el Hospital Infantil Materno de Cuajimalpa y causó tres muertes (entre ellas las de dos bebés) y decenas de heridos no fue un simple accidente. Esta tragedia es una más que demuestra fallos severos de quienes deberían asegurar el bienestar de la población: las autoridades gubernamentales.

La gasera causante del accidente, Gas Express Nieto, tiene un historial de accidentes en los últimos siete años que incluye 668 fugas de gas entre enero y septiembre de 2014 en el DF y que ha provocado  el fallecimiento de dos personas. Estos antecedentes debieron bastar para alertar a la Secretaría de Energía (SENER) federal, encargada de su supervisión directa, y resultar en una inspección total de sus operaciones para garantizar la seguridad de la población. No obstante, esto solo sucedió hasta después de la tragedia. El Gobierno del Distrito Federal (GDF) también falló al no actuar ante el gran número de fugas de gas que ha reportado la empresa, sobre todo si se toma en cuenta que esta empresa surte a instituciones del GDF que concentran gran cantidad de población: el sistema hospitalario, los reclusorios y penales, guarderías (CENDIS), e incluso la planta de asfalto y las instalaciones forenses del GDF. Las advertencias estaban ahí: era cuestión de tiempo para que una tragedia sucediera.

Podemos suponer, tal como asegura la empresa, que tanto la SENER como Gas Express Nieto realizaron las debidas inspecciones y que la fuga de gas aun así sucedió. Pero la tragedia sí era prevenible. El elemento clave es el terreno y el diseño arquitectónico del hospital, que lo convierten en una trampa mortal. Las instalaciones son en la práctica un embudo con pendiente: al fondo y en la parte más baja se localizan las instalaciones principales del hospital mientras que la única entrada y salida del embudo está en la parte alta, lo que obliga a mezclar los flujos de peatones con los de los vehículos de emergencia, particulares y de carga. Además, dada esta situación, el hospital carece de salidas de emergencia que den a la vía pública, y la existente se dirige al estacionamiento interior, uno que comprende el estacionamiento de ambulancias, de personal, el punto de protección civil y el área de carga y descarga de mercancías, incluyendo el gas.

Debido a este diseño, el abastecimiento de gas suponía dos graves riesgos. Por un lado, la pipa tenía que entrar en reversa en pendiente, poniendo en peligro la válvula y la manguera. Por el otro,  debía colocarse en el punto en que comprometía más la seguridad de las instalaciones en caso de fuga o explosión: enfrente del edifico principal del hospital, justo en el punto designado de protección civil en el estacionamiento y bloqueando la salida de emergencia. Sin duda fue gracias a la pericia del personal que actuó con presteza para desalojar el hospital que la tragedia no fue mayor. [Aquí y aquí se puede apreciar los detalles del diseño y la tragedia que acarreó.]

Este grave problema en el diseño de las instalaciones es resultado de falta de planeación, de recursos escatimados, de una débil previsión de riesgos y de desastres. Un buen diseño hubiera separado el flujo de personas y el de vehículos de emergencia y mercancías; hubiera atendido tanto la necesidad de una entrada para las pipas de gas como las normas para su operación: (esa pendiente no hubiera existido) y habría tomado en cuenta los riesgos de protección civil que conlleva una pipa de gas LP a la mitad de un hospital, impidiendo utilizar el estacionamiento como salida de emergencia.

Hemos visto este tipo de fallos de planeación, operación y supervisión en otras tragedias en México: el temblor de 1985 (que costó la vida de miles de personas debido a la falta de previsión en la construcción de edificios), las inundaciones de Chalco, en el Estado de México, y de Tabasco (donde se construyó vivienda en zonas de inundación, incluso bajo el auspicio de los gobiernos estatales y locales) o el incendio de la Guardería ABC, subrogada por el gobierno, en la que 49 niños perdieron la vida debido a que el lugar carecía de las medidas mínimas de protección civil. A ello podríamos sumarle la falta de supervisión de materiales de construcción y de salidas de emergencia que causó la muerte de 22 personas en el incendio de la discoteca Labohombo, y las muertes de 12 adolescentes en otra discoteca, el New’s Divine, por un fallido operativo policial.

Esta y otras tragedias hubieran sido evitadas si las prioridades del gasto público hubiesen sido las adecuadas. Pero los diferentes niveles de gobierno han demostrado continuamente que tienen otras prioridades políticas. Sistemáticamente se escatiman recursos en planeación, en especial para los sectores más necesitados, y no se supervisan adecuadamente las obras por incompetencia, negligencia o burda corrupción, menos aún su operación y sus riesgos. Gobiernos que prefieren gastar millones de pesos en televisiones, en puentes viales, en estelas de luz, en macro maquetas de la Ciudad de México, en banquetas de granito importado, en aeropuertos fastuosos, mientras que lo más esencial para la población, la salud y la protección civil, es menospreciado.

Las tragedias se repiten una y otra vez en diferentes escalas, en diferentes lugares, en diferentes rincones del país, sin que parezca que las diferentes autoridades aprendan algo al respecto. Y una y otra vez se suele reducir estas tragedias a accidentes inexorables, a desastres naturales. Nunca hay responsables. Peor todavía: cuando la cadena de errores, de incompetencia y de corrupción atraviesa a todos los estamentos institucionales y genera una falla de Estado, como muestra el horror de Ayotzinapa, las autoridades llaman a superar y olvidar los hechos.

Cuando justo es lo contrario: solo analizando y recordando los errores y fallos que produjeron estas tragedias seremos capaces de superarlas. El olvidarlas o reducirlas a simples accidentes garantiza que seguirán sucediendo sistemáticamente, demostrando cada vez las fallas de los distintos niveles de gobierno e incluso del mismo Estado.

Publicado originalmente en Horizontal

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