15 diciembre 2015

Del High Line Park al Corredor Chapultepec: de la ciudad global al imitador regional


El High Line Park (HLP) de Nueva York tiene un carácter especial, casi único, tanto por el lugar en donde se realizó como por su contexto socio-económico. Considerar que se puede replicar solo con copiar su arquitectura en un contexto diferente o es simple ignorancia o es especulación urbana de altísimo riesgo social. Una de esas dos opciones es lo que está ocurriendo ahora con el Corredor Cultural Chapultepec.
El HLP es un ejemplo icónico de lo que se puede hacer con una infraestructura en desuso: transformarla en algo diferente —un parque elevado de 2.3 kilómetros de longitud, con áreas verdes y un programa de actividades a lo largo del año. Es un ejemplo de algo que se conoce como reciclamiento urbano y que además sucede, en gran medida, en los alrededores de la estructura.
Localizado a las orillas del río Hudson, el espacio donde se encuentra el HLP —los distritos de Chelsea, Meatpacking y Hell’s Kitchen— estaba comprendido por una zona industrial y una de viviendas de bajos ingresos. Los nombres de los distritos —“empacador de carne” (Meatpacking) o “cocina del diablo” (Hell’s Kitchen)— hacían referencia a barrios pobres y violentos habitados, principalmente, por inmigrantes. La zona se encuentra rodeada de edificios que solían ser bodegas o fábricas, así como de grandes infraestructuras destinadas al transporte —una de ellas la vieja vía ferroviaria elevada que servía a la industria asentada en el lugar y que ahora es el HLP.
Desde la posguerra y hasta la década de los años setenta, la vía funcionó sin mayores problemas, pero después la industria comenzó a declinar. La economía mundial se transformaba: Estados Unidos se desindustrializó, la producción industrial se relocalizó en otros países y el desempleo aumentó. Nueva York sufrió los efectos de esta transformación. Se le empezó a considerar una ciudad en decadencia, con índices de criminalidad al alza, pandillerismo, abandono del espacio público, etc. Eran tiempos con expectativas negras, bien retratadas en películas como The Warriors y Escape from New York. Oficialmente, la vía dejó de utilizarse en el año de 1980. Diversos propietarios de los alrededores abogaron por su demolición, mientras activistas y vecinos desafiaron esta iniciativa en la corte.
Nueva York tiene una tradición de filantropía y defensa del patrimonio histórico sin la cual no podría explicarse la existencia del HLP. Durante las décadas de la posguerra, esta ciudad perdió muchos edificios y barrios históricos para darle paso al “progreso” o para resolver problemas de “criminalidad”. Así, se demolió la estación de trenes Pennsylvania Station y fue remplazada con una arena de deportes (el Madison Square Garden) y un edificio de oficinas con comercios y un hotel. El resultado del reclamo ante estas pérdidas del patrimonio fue la Ley de Monumentos Históricos de la Ciudad de Nueva York, promulgada en 1965.
En los años noventa, Estados Unidos mantuvo altas tasas de crecimiento económico y Manhattan comenzó a sufrir una creciente presión inmobiliaria fruto de su transformación en “ciudad global”: una ciudad cada vez más desconectada de la economía nacional, pero más vinculada a las actividades económicas mundiales, especialmente debido a la enorme presencia de multinacionales, así como del mercado financiero más importante del mundo: Wall Street. En esta época, cada metro cuadrado de Manhattan se revalorizó por estar cerca a uno de los puntos neurálgicos del capitalismo.
Como consecuencia de esta revalorización, los distritos de Chelsea, Meatpacking y Hell’s Kitchen se volvieron un espacio codiciado por los desarrolladores. Se activaron diversos planes para su conservación y con ellos comenzó un proceso de reciclamiento de las antiguas estructuras industriales para fines comerciales, como la transformación en 1997 de la antigua fábrica de Nabisco en un “mercado” de alimentos gourmet: el Chelsea Market. También existió un plan para construir un nuevo estadio sobre los patios de encierro del metro (West Side Stadium) como parte de la fallida propuesta de albergar los juegos olímpicos de 2012 en la ciudad, y que eventualmente sería replanteada como el desarrollo inmobiliario más grande de Nueva York: Hudson Yards.
Los activistas tuvieron que convencer a los desarrolladores de mantener la vía del tren, pues pensaban demolerla para dar paso a más edificios. Después de una larga batalla, lograron demostrar que preservar la vía y transformarla en un parque era un proyecto viable. Fue en este contexto que el activismo se aglutinó en la organización de Friends of the High Line. La organización consiguió que la empresa propietaria de la infraestructura la donara a la ciudad en 2005, y que luego el gobierno financiara la transformación de la vía en parque. Al mismo tiempo, Friends of the High Line se convirtió en la organización que mantiene y opera el parque elevado.
Dado que el encargado del mantenimiento del parque no es el gobierno de la ciudad sino una organización sin fines de lucro, este mantenimiento no solo ha dependido de la recepción de fondos públicos: también se ha recurrido a la filantropía y a las donaciones. De este modo se obtuvieron 44 millones de dólares para la transformación de la infraestructura de los desarrollos que se encuentran junto al parque. Sin duda se trata de un proyecto ejemplar. También hay que añadir a la historia otros aspectos: los concursos arquitectónicos públicos y los procesos participativos de planeación que lograron integrar a la comunidad alrededor del HLP. Sin alguno de los anteriores elementos, es difícil imaginar cómo se hubiera podido llevar a cabo exitosamente todo el proyecto.
Ahora bien, no todo es oro cuando se trata del HLP. Hay varias cuestiones que hacen incierto su futuro y sus beneficios sociales. Por una parte, al depender de donaciones y del desarrollo inmobiliario aledaño, su sostenibilidad financiera es dudosa en el largo plazo. Estos flujos de capital no son constantes y no queda claro qué sucederá cuando se agoten. ¿El gobierno de la ciudad de Nueva York se hará cargo de su mantenimiento? Por otra parte, si bien el HLP ha incentivado el desarrollo de la zona, este se ha concentrado en el sector de altos ingresos. Hasta el momento se han construido 1,374 viviendas en la zona, pero solo el 9% de estas son de carácter social. Dados los problemas de gentrificación en Nueva York, cabe preguntarse si no hubiera sido mejor usar dichos terrenos para la construir exclusivamente vivienda social. Se puede advertir, entonces, que el proyecto del HLP no garantiza efectos de equidad social. De igual manera, dado que el parque tiene altos costos de mantenimiento, Friends of the High Line ha apoyado la construcción de más desarrollos comerciales en las cercanías (la extensión del Chelsea Market) como forma de obtener recursos. La situación es contraria a la noción de los parques públicos como lugares que deberían mitigar y contener la expansión de, justamente, ese tipo de espacios privados.

HLP y el Corredor Chapultepec

Al inicio de la promoción del Corredor Cultural Chapultepec, Simón Levy y los arquitectos diseñadores señalaron como referencia y justificación de su proyecto al HLP e incluso al Chelsea Market. Todo indica que Levy y su equipo de arquitectos conocen el HLP y se han deslumbrado con su éxito y, en especial, con el desarrollo inmobiliario a su alrededor.
Con esto en mente, anunciaron con bombo y platillo el “reciclamiento”[1] de Avenida Chapultepec, incluyendo parte de su camellón usado como estacionamiento. Dicho reciclamiento consiste en erigir una estructura elevada que imita de forma económica al HLP. La idea de “reciclamiento” fue rápidamente desmentida y ridiculizada a días de filtrarse la información al público. Con el surgimiento de nuevos datos, se ha develado la naturaleza principal del plan: ser un negocio inmobiliario, de privatización de cierto espacio público a favor de los inversionistas de Invex y otros asociados. Juan Pablo Maza, uno de los arquitectos, ha señalado (minuto 50 del video) que el proyecto se diseñó en función de garantizar el financiamiento privado de la obra (la idea es que “dé un retorno económico a quien invierta”). El estudio socio-económico del plan convierte “mágicamente” los beneficios privados en públicos, ya que argumenta falsamente que hay un beneficio social y cultural, cuando la relación entre ingresos comerciales y culturales es de 37 a 1. Por estas razones, es un exceso llamar a esta iniciativa “cultural”.
Aunque no es oficial, se sabe que existe un plan conceptual de desarrollo urbano para la zona adyacente a Avenida Chapultepec. La idea del plan es impulsar la construcción de grandes desarrollos al mismo tiempo que el Corredor Cultural Chapultepec con el objetivo de incrementar el valor del suelo en la zona. Este tipo de consecuencias es precisamente una de las grandes críticas que se han realizado al HLP, debido al efecto subyacente de generación de gentrificación y eliminación de oportunidades de vivienda social en la zona.
Además, los promotores del Corredor Cultural Chapultepec han obviado totalmente el contexto social que dio a luz al proyecto del HLP, un contexto basado en el activismo y la filantropía que, en mayor o menor medida, dio un cierto carácter democrático a toda la construcción. En contraste, el proyecto del Corredor Cultural Chapultepec ha sido opaco y carente de participación ciudadana. Aunque este domingo 6 de diciembre se realizará una consulta sobre el mismo, la realidad es que todos los contratos para su ejecución ya han sido firmados. Todavía más grave: en la situación de un fracaso comercial, seguramente será el gobierno quien tendrá que rescatar a los inversionistas, lo que resultará en una situación aún peor que la de haber dejado la avenida intocada.
Lo que hoy está sucediendo alrededor del Corredor Cultural Chapultepec no se asemeja de ninguna manera a la experiencia del HLP, y mucho menos al contexto socioeconómico de Nueva York. El Corredor es una mala copia de la experiencia neoyorquina, y una mala copia que, debido a la desigualdad, la corrupción, la falta de transparencia, de procesos democráticos y de mecanismos de compensación a la sociedad, de hecho potencializa los aspectos negativos de la iniciativa neoyorkina. Tal vez por estas razones en semanas recientes se ha dejado de mencionar al HLP como referencia del Corredor Chapultepec. Hacen bien, porque no se parecen en nada.
Lo único ejemplar del proyecto del Corredor Cultural Chapultepec es el ser una precaria imitación de las formas de soluciones urbanas y arquitectónicas realizadas en otras partes, pero no de sus métodos y objetivos, una imitación realizada sin comprender el contexto en el que ocurrieron las originales. El Corredor Cultural Chapultepec revela que las decisiones de la actual administración del Distrito Federal se parecen más a las de un desarrollador inmobiliario que a las de un gobierno ocupado por el bienestar de los espacios públicos.

Publicado originalmente en Horizontal.mx

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